miércoles, 14 de marzo de 2007

Demasiado tarde

Desde ese momento envejeció. Justo en el momento en que le mostraba el cariño que tanto había ansiado y necesitado. Justo en el momento en que había tenido que sacar toda la fuerza retenida en su interior. El vigor que mostró en todo su esplendor durante por lo menos los últimos dieciocho anos, de pronto, pareció alejarse de una manera estrepitosa.

Desde ese momento empezó a sentir la vejez entronarse sobre su cuerpo. La había sentido de repente, y aunque de inmediato la identifico, nunca tuvo la experiencia, la oportunidad ni la capacidad de sobrellevarla.

Tantos sobresaltos cotidianos que se enfrentan durante la vida, tratando de hacer siempre las cosas bien, fracasando en la mayoría de los intentos, y pasar el resto del tiempo tratando de corregir lo que salio mal. Eso es lo común en la vida. Tanta lucha por demostrar la inocencia, por demostrar que merecía algo de crédito que ni su hija ni nadie le proporcionaba, necesitaba estar joven o, por lo menos, mostrar vitalidad para no dejarse de nada ni de nadie: no dejarse caer. Y, ahora, ante ese abrazo que había imaginado tantas veces, que siempre añorado en sus tiempos de vigor, sentía que las fuerzas la abandonaban, que la juventud escapaba.

De repente las cosas cambiaban, de pronto le empezaban a salir bien. De pronto empieza a formarse el cuadro de lo que siempre imagino: la tranquilidad de la inocencia; el amor de su hija; el callarle la boca, de una vez y por todas, a su máximo acusador; el poder ir por el mundo con la frente en alto, diciéndole con esto a todos que solamente hizo lo que tuvo que hacer y que lo hubiera hecho cualquier gente que se hubiera encontrado en su situación; que ella, como muchas, tan solo había sido una victima de las circunstancias.

La abrazo tan fuerte, y se dejo abrazar también. Fue tan prolongado el abrazo que hubiera querido mantenerse así aun después que su hija la fue soltando lentamente. Tenía que hacerlo, y lo hizo con desgano, antes de volver a casa y que ella se fuera una vez más de su vida, antes de que el prolongado abrazo le hiciera sentir o pensar cosas que tanto anhelaba pero que ya no podían ser. Su hija se marcharía, pues ya tenía su vida hecha en la ciudad: un buen trabajo, un departamento de lujo, un carro reciente y aspiraciones que nada congeniaban con su rutina y sus necesidades campiranas.

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